«La IA no me reemplaza, me libera para lo que sé hacer»: entrevista a un socio litigante
Alejandro Ruiz lleva veintidós años litigando. Es socio director de un despacho especializado en litigio civil y mercantil con sede en Madrid. Cuando empezó a usar herramientas de inteligencia artificial en su práctica hace algo menos de un año, lo hizo con escepticismo. Hoy, dice, no podría entender su flujo de trabajo sin ellas. Le preguntamos por ese proceso.
¿Cómo llegaste a plantearte usar IA en tu práctica?
Por necesidad, básicamente. Llevamos un volumen de asuntos que hace varios años habría requerido el doble de equipo. La investigación jurisprudencial es la parte del proceso que más tiempo consume, y hay un límite a lo que puedes comprimir sin comprometer la calidad. Empecé a buscar alternativas cuando me di cuenta de que el equipo estaba llegando al límite y yo seguía queriendo crecer.
Al principio probé herramientas generalistas. Los resultados eran... flojos. Útiles para algunas cosas, pero sin el nivel de precisión que necesitas cuando vas a firmar un escrito que se va a presentar ante un tribunal. Una referencia jurisprudencial equivocada o desactualizada no es un problema menor: puede destruir la credibilidad de todo el argumento.
¿Qué fue diferente con una herramienta especializada?
La diferencia fundamental es que el sistema entiende el contexto jurídico. No es solo que busque en las fuentes correctas —aunque eso ya es mucho—. Es que cuando le planteas un caso, lo analiza desde tu posición procesal. No te devuelve jurisprudencia genérica sobre la materia: te devuelve los criterios que aplican a tu posición concreta, con los argumentos que te sirven y señalando los riesgos que tienes enfrente.
La primera vez que usé Lekia para preparar una demanda de resolución contractual, obtuve en menos de una hora un análisis que me habría llevado entre seis y ocho horas hacer manualmente. Y el nivel era bueno. No perfecto —yo lo reviso siempre y hago mis propias decisiones estratégicas—, pero era un punto de partida sólido que yo podía trabajar, no una lista de cosas que tenía que descartar.
¿Cómo has integrado la herramienta en el flujo de trabajo del despacho?
Ahora es el primer paso en cualquier asunto nuevo. Cuando entra un caso, el abogado responsable lo plantea en Lekia antes de hacer nada más. Obtiene el análisis de fuentes, identifica los criterios relevantes y los riesgos de la posición. Con eso sobre la mesa, ya podemos tener una primera conversación estratégica sobre el caso mucho más informada.
Lo que ha cambiado en el equipo es notable. Los abogados más junior producen escritos de mejor calidad desde el primer borrador porque parten de un análisis más sólido. Yo dedico menos tiempo a revisar versiones iniciales y más tiempo a la estrategia y la relación con clientes. La trazabilidad también me ha ayudado mucho: en cualquier momento puedo ver qué fuentes se han utilizado en cada asunto, qué criterios se han aplicado y por qué.
¿Hay aspectos del trabajo jurídico que la IA no puede tocar?
Muchos, y creo que es importante ser honesto sobre esto. La estrategia del litigio no se puede delegar. La decisión de cuándo presionar y cuándo ceder, de si conviene un acuerdo o hay que ir a juicio, de cómo posicionarse ante un juez concreto conociendo su forma de valorar la prueba: eso es criterio jurídico que viene de años de experiencia y de conocer el caso en profundidad. Ninguna herramienta puede sustituirlo.
La relación con el cliente tampoco. Explicarle los riesgos de su posición, mantener su confianza cuando el proceso se complica, gestionar sus expectativas: todo eso requiere empatía, comunicación y juicio humano. La IA no tiene eso.
Donde la IA es extraordinariamente útil es en la parte del proceso que es sistemática y replicable: buscar, sintetizar, estructurar. Si antes dedicaba el 40 % de mi tiempo a esas tareas, ahora dedico quizás el 10 %. Ese 30 % liberado va a la estrategia, a los clientes, a las cosas que marcan la diferencia real.
¿Qué dirías a los colegas que todavía son escépticos?
Que lo entiendo perfectamente, porque yo también lo era. Y que el escepticismo es saludable cuando se trata de herramientas que van a influir en la calidad del trabajo que firmas. Pero que hay una diferencia entre el escepticismo informado —que lleva a probar con rigor y a evaluar los resultados— y el rechazo preventivo que impide ni siquiera explorar.
Lo que me convenció no fue una presentación de ventas. Fue resolver un caso real con la herramienta y comparar el tiempo y el resultado con mi método habitual. El resultado fue suficientemente bueno para seguir explorando. Y a partir de ahí, la curva de confianza ha sido constante.
¿Cómo ves la profesión dentro de diez años?
Creo que los abogados que no usen herramientas como las actuales dentro de diez años serán la excepción, igual que hoy son excepción los que trabajan sin ordenador o sin acceso a bases de datos jurídicas digitales. No es que la herramienta sea opcional: es que el estándar de lo que se espera de un buen abogado va a seguir subiendo, y las herramientas son parte de lo que permite alcanzarlo.
Lo que no va a cambiar es la necesidad del criterio jurídico. Si algo me ha enseñado trabajar con IA es que el valor diferencial del abogado es más claro que nunca. No somos buscadores de jurisprudencia, no somos redactores de borradores, no somos procesadores de información. Somos los que tomamos las decisiones que importan. Y para eso, cuanto mejor preparados estemos, cuanto más tiempo tengamos para pensar con claridad, mejor.
¿Cuál es tu mensaje para un abogado que está pensando en dar el paso?
Que lo pruebe con un caso real, no con una demo genérica. Que tome un asunto de su práctica habitual y lo trabaje con la herramienta de principio a fin. Que evalúe el resultado con sus propios criterios de calidad. Y que sea honesto sobre lo que ve.
En mi caso, lo que vi fue suficientemente bueno para cambiar mi forma de trabajar. No porque la herramienta sea perfecta —no lo es—, sino porque el punto de partida que me da es significativamente mejor que el que tenía antes. Y en esta profesión, empezar desde un lugar mejor siempre hace diferencia.
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